Hay angustias que se nos cuelgan de las manos aún siendo ajenas
y duelen más que las propias.
Será esta desazón de no ser indiferente lo que me inmiscuye con ideas y con el alma.
Estamos tan inmersos en esta sociedad fría y descarada que busco a regañadientes una causa que motive mi albedrío de ideales para encadenarme con la idea fija de hacer lo correcto y necesario.
Aunque doblegue mis esfuerzos, mis ganas se trastoquen y caiga en el absurdo que lo utópico no existe más que en mí accionar.
Mi espíritu no sabe de oídos sordos ni de vistas gordas, ni de voces silenciadas.
Porque en el descontento de algo siento ese cosquilleo que presagia rebeldías a punto de escabullirse, y es ahí donde el regocijo de mi alma se siente plena.
Me sublevan las injusticias, los descaros, las desigualdades.
Me desorientan los maltratos, los egos encontrados, el poderío absoluto.
Me entristece el dolor ajeno, las muertes absurdas, la niñez truncada, la violencia a como de lugar.
Desoigo las doctrinas. Los mandamientos. Detesto los poderes absolutistas.
No creo en los hombres con poder bajo ninguna circunstancia. El fanatismo no entra en mi ni como virtud ni como defecto.
Me aterra el no te metas, la indiferencia, no concuerdo con la mentira, el cinismo y la hipocresía.
Quizá no sea casual que mis propias alas no me dejen volar. Que los sueños
se evaporen por la realidad.
Que a veces creo que equivoqué de lugar, momento y circunstancias.
Pero dos lemas me persiguen a rajatabla: no acallar la voz por más baja que sea y saber siempre que oír no es lo mismo que escuchar.
A veces esta sociedad, este vertiginoso mundo me confunde, hasta que siento la necesidad de volver a reencontrarme, ponerme en eje y otra vez en carrera. La vida misma - mMda

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